En tanto que ‘enamorado de los mapas’ — que él confiesa ser —, Kenneth White organiza sus andanzas partiendo de un misterioso “mapa de Guido” que él mismo fue a consultar a Bruselas. Este documento simboliza en muchas formas la ruta recorrida por el autor. Consultado en una biblioteca, el lugar humanista por excelencia, el mapa del siglo XII es testimonio, al mismo tiempo de la erudición con que la Kenneth White prepara y acompaña a menudo las peregrinaciones, pero también de que el enamorado de los grandes espacios es asimismo un gran ciudadano, que se dirige a la ciudad y al mundo.

Es cierto que no reprocha nada al mundo, porque no es idealista, aun cuando se burla de la actividad humana, sobre todo cuando la actividad civilizadora se aleja de la realidad en el marco de la cual, a pesar de todo, se ha construido. Pero el tono no es jamás agrio, ni resentido, ni de malas intenciones. Es cuestión de una gaya ciencia – por una vez que la expresión no está  desvirtuada!

La carte de Guido, como a menudo los lugares de Kenneth White, funciona como un mandala. A saber que, en el tiempo de la escritura de sus viajes, no percibiremos sino los efectos. En el dibujo y en los motivos cada uno es remitido a sí mismo. No es una guía de viaje (o bien lo es únicamente para el uso de su autor), se trata de leer los trazos de algún otro que uno mismo que evoluciona en el seno de un paisaje mental y físico del cual no somos totalmente extraños pero que, no obstante, desconocemos. Cada uno debe diseñar su mapa de Guido tal como habitaría poéticamente la Tierra.

Habitante de un mundo finito, no, no estoy evocando a Europa— Kenneth White se mueve aquí en ambiente crepuscular, entre el crepúsculo de la mañana y el crepúsculo del atardecer. Vivir sobre una esfera y desplazarse, todo el mundo conoce la paradoja, es acercarse cada vez más rápido, al lugar del cual se aleja. No hay prisa para ponerse manos a la obra. La obra en cuestión no es únicamente de circulación sino también circular.

La primera palabra del libro es “Glasgow” y la última frase: “Permanezco esta noche escuchando el mar, en la costa este de Escocia”. La obra de Kenneth White, lo pienso desde hace tiempo, está erigida sobre una melancolía mantenida a distancia por una inteligencia clara y afirmativa – equivalente humano del grito del pájaro pelágico, o negativo del cuervo.

Mientras que el último capítulo se titula límpidamente “Regreso clandestino al país natal”, el primero evoca un “Trópico de Saturno”. Evidentemente, tal trópico no existe en el globo terráqueo. Hay que alzar los ojos hacia el cielo: la revolución trópica de Saturno es el tiempo que tarda este planeta en dar la vuelta al sol: diez mil días. Kenneth White inicia su libro con una escala de tiempo y espacio astronómico – es lo que confirma la cita preliminar de un astrofísico. En este primer capítulo, más que en cualquier otro, expone y luego descifra su idiosincrasia escocesa explicando que ha visto primero a Glasgow “en términos bíblico—apocalípticos”. Entre ocurrencias culturales y ocurrencias humorísticas (el chiste futbolístico Celtic/Rangers – en KW el mundo es mundo), declara su predilección por la necrópolis con vista panorámica, y todo eso parece, adosado al cosmos, un micromega de Escocia! Exit tempus christi: el tiempo no conduce al cristiano hacia Dios, es el Gran Año, el tiempo como ciclo y no como flecha que se impone desde sus inicios. Ciclo de la existencia propuesto así tanto con la gravedad natural de un habitante de la Tierra que en nada siente la existencia del Cielo, como en el peso contingente de los cuerpos. Pero el retrato del autor no se queda allí.

“Trópico de Saturno” adopta asimismo el sentido de “relativo al tropo de Saturno”, es decir al conjunto de figuras por las cuales se alteran el sentido propio de una palabra o de una expresión. Por lo que hay que comprender que Saturno, a pesar del contexto astronómico del comienzo de este libro, no es solamente planeta sino también figura tutelar de la melancolía, esta ‘enfermedad sagrada’ ligada al duelo. Por supuesto, la obra de Kenneth White rechaza la literatura en la que el autor se desahoga. No escribimos bien, decía Víctor Segalen —autor admirado por Kenneth White—, sino a partir de lo real que uno es; y nuestro contemporáneo se ha esforzado siempre por abrir ampliamente su obra al mundo – quien más que el lo hace? Aunque aparentemente lo hace para responder al duelo de estar en el mundo.

Apertura dinámica de los “agujeros negros” evocados al inicio, y al final de esta confidencia sobre el país natal: “Pero ahora, más nada. La vacuidad. Otra gaviota grazna: ‘Bienvenidos al Vacío’…” Con su pluma límpida, Kenneth White construye desde hace medio siglo una obra en la que quiere reconciliar el hombre y el mundo. La propuesta geopoética tan necesaria en nuestro tiempo esconde un desafío personal del poeta que consiste en encontrar un modus vivendi y de mantenerlo. En La carte de Guido, la presencia de los dos es más palpable que en otros libros, y es también por esta razón que lo queremos.

En su deambular europeo, recorre numerosas ciudades, recordando, a aquellos lectores suyos que lo habrían olvidado, su interés por las ciudades en las que residió durante largos períodos y que continúa recorriendo desde que se instaló en las Costas de Armor.

Glasgow, Munich, Bruselas, Dublín, Bilbao, Venecia, Trieste, Belgrado, Podgorica, Pula, Estocolmo, Edimburgo, Glasgow, más algunos pueblos de Gran Bretaña o de la península Ibérica – he aquí donde los pasos de Kenneth White nos llevan a explorar el mapa de Guido… Esos lugares de cultura son vistos a través de una mezcla de bonhomía y de erudición características del autor, que burla las expectativas a su manera. Lo que busca, es lo real, que el sabe ver aflorar bajo el barniz de civilización. De esta manera, en el barrio de Anderlecht donde va a rendirle homenaje a Erasmo, una rosa blanca en la bruma del jardín “exhala un perfume delicioso, lejano, unas de esas cosas raras de la tierra que revelan lo que son el paraíso y todos los otros mundos: simples excrecencias, lamentables proyecciones, locuras, producidas por espíritus encerrados en contextos limitados.” En otra parte, en Irlanda, se precisan sus prioridades : “Actualmente, sabemos todo sobre los reinos y los castillos, las repúblicas y sus vaivenes. Lo que nos hace falta es conocer un poco más sobre la garza real, en su hogar bajo la lluvia gris.”

La atención centrada en el mundo, en lo real no excluye evidentemente al hombre —el libro está tejido por encuentros con todo tipo de contemporáneos— pero lo que le importa a Kenneth White es permanecer en la apertura. En este sentido, su visión de la producción literaria no hace concesiones. (Releyendo Les affinités extrêmes – Premio de la Academia francesa Maurice Genevoix 2010, uno se acordará de los escritores de lengua francesa que él admira). A tal punto desconfía de la imaginación, virtud ‘literaria’ por excelencia:

“La imaginación es el resultado de una existencia en circuito cerrado, no pertenece a lo abierto, al mar o a la llanura, que están tan colmados de elementos interesantes aunque uno esté desprovisto de nociones de botánica, geología, ictiología. Lo que es necesario también, no es la simple ensoñación, sino la capacidad de “abarcar el conjunto”, de tomar conciencia de las interconexiones y de las relaciones.”

En suma, La carte de Guido es un peregrinaje europeo como lo anuncia su subtítulo. A través de los encuentros, de las lecturas y en los caminos, Kenneth White busca mostrar que aún es posible, en Eurolandia cuya trivialidad se explaya de Bilbao a Bruselas y Belgrado, encontrar puntos cardinales que permitan habitar Europa en todas sus dimensiones.

En Segalen: teoría y práctica de viaje (1979), Kenneth White decía del poeta y explorador bretón: “su existencia oscila entre dos tendencias (que son) su cuarto de porcelanas (y) la atracción de un exterior posible delicioso”. Autorretrato de un explorador de espacios físicos y mentales de su época que comparte su tiempo, especialmente en este libro, entre el Exterior de rostro amplio (es el sentido de la palabra Europa), y su taller atlántico en Trébeurden. “Cualquier lugar puede ser un mandala”: la Carte de Guido parece ser uno de uso colectivo, un mandala a escala de un continente, en el que el autor recorre una “inmensidad íntima”, pero con tendencias a abandonar el centro por los márgenes y los litorales...

Régis Poulet

(Traducción del francés al español por Maguy Blancofombona)

Nota bene : Primera aparición de esta traducción sobre el sitio Web resonancias.org.