Querido lector, iba a finalizar mi recensión de Lecciones del viento (Leçons du vent, Paris: Éditions Isolato, 2019) de Kenneth White, ¡abría la obra por última vez para revisarla y comenzó una maravillosa borrasca mental! Ella tenía el rostro del viento del Este y parecía haber recorrido las estepas. Pero después de todo, ella podía venir también de las regiones árticas — Mar Blanco o Alaska. Por otra parte, no excluiré tampoco los alisos ni algún viento del Sur. De todas formas, de donde venga, el viento que sopla es el mismo desde hace millones de años.

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Preámbulo

 

En términos globales, la literatura de nuestra época deja, por así decirlo, mucho que desear. Ella ofrece un espectáculo de popurrí confuso, en parte trivial, en parte inexpresable. Las librerías acumulan de todo sobre sus anaqueles, al menos desde hace un tiempo – las bibliotecas hacen lo mismo, de una manera más permanente. Para deshacerse de una reputación de nostalgia polvorienta, y con el fin de sentirse “conectadas” con la actualidad, las secciones literarias de las universidades proponen cualquier cosa (según métodos psicoanalíticos, semióticos, etc. – alardeando su cientificismo). En cuanto al contenido de estas producciones que yo califiqué de “confusa”, “trivial” e “inexpresable”, éste consiste en una suerte de mezcla psico-sociológica y sentimental, que avalamos concienzudamente añadiendo, dependiendo de cada caso, diversas dosis de color local, persuadiéndose así que se realiza un trabajo cultural.

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Hacia 1954, en la universidad de Glasgow, yo leía Estudio de la historia de Arnold Toynbee, estaba particularmente interesado en el volumen 9, que acababa de aparecer, y que contenía la duodécima y última parte del inmenso libro: Las perspectivas de la civilización occidental.

A lo largo de su estudio, Toynbee había pasado revista a una veintena de civilizaciones conocidas por la humanidad desde sus inicios. En esta última parte, él se centraba en la última etapa de la civilización occidental, a la que llamaba su fase “postmoderna” (creo que es el primero que ha usado ese término) y que había comenzado en 1919; es decir, al final de una guerra que se había conocido como “la guerra para poner fin a todas las guerras”, pero que desde 1954 podíamos llamar simplemente la Primera Guerra Mundial, considerando, después la segunda, la tercera.

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